El 27 febrero 2026 participé como ponente en la reunión anual de la Asociación de Cardiología Preventiva de la Sociedad Española de Cardiología, que este año se ha celebrado en La Coruña. En esta charla defiendo que, tras un evento cardiovascular, no se trata solo de “volver a vivir”, sino de volver a empezar con un plan estructurado de ejercicio, sexualidad y vida diaria que ponga al paciente en el centro y use la fisiología y la evidencia como guía.
1. De la brecha clínica a la receta de ejercicio
Parto de una brecha: muchos pacientes post infarto, insuficiencia cardiaca o miocarditis preguntan por deporte y nosotros respondemos con consejos vagos o prohibiciones, en parte por falta de formación específica en fisiología del ejercicio. El mensaje es claro: debemos pasar de “cardiólogos que prohíben” a clínicos preventivos capaces de prescribir ejercicio con la misma precisión que un fármaco.
Por eso insisto en que el ejercicio no es un simple “buen consejo”, sino una auténtica receta médica, con dosis, tipo, frecuencia, intensidad y seguimiento, igual que cualquier otro tratamiento.
2. Cómo valorar al paciente y prescribir con precisión
No hay una talla única: la valoración cardiovascular tiene que integrar patología, edad, actividad física previa, situación actual y objetivo (aficionado, recreacional o profesional). A partir de ahí, la prescripción se organiza siguiendo el marco FITT‑VP (frecuencia, intensidad, tiempo, tipo, volumen y progresión), evitando saltar a intensidades altas antes de construir volumen y tolerancia.
Defiendo la ergoespirometría (CPET) como nuevo “gold standard” porque permite localizar con precisión los umbrales ventilatorios VT1 y VT2 y definir zonas de seguridad reales, mucho más fiables que fórmulas teóricas como 220‑edad, que fallan en un porcentaje importante de pacientes medicados.
3. Zonas de entrenamiento, HIIT y protocolos post‑evento
Sobre esa base fisiológica, organizo el entrenamiento en cinco zonas: desde la zona 1 (recuperación) y zona 2 (base metabólica, clave en insuficiencia cardíaca) hasta la zona 5, de alta intensidad, generalmente contraindicada en cardiopatía. Las zonas 1–2 son el pilar para mejorar eficiencia lipídica, capilarización y función mitocondrial; la 3 potencia el VO2 máx; la 4 se reserva para intervalos de alta intensidad (HIIT) en fases avanzadas y bajo control.
Presento evidencia que posiciona al HIIT como estrategia especialmente eficaz para mejorar remodelado ventricular y función endotelial, consolidándolo como modalidad primaria o complementaria dentro de la rehabilitación cardiaca moderna. Un ejemplo práctico es el protocolo 4×4 post‑IAM (calentamiento, 4 bloques de 4 minutos en zona 4 con recuperación activa en zona 2 y enfriamiento), siempre introducido tras una base sólida de ejercicio moderado.
4. Del algoritmo de riesgo al día a día: trabajo, deporte y sexo
En la estratificación post‑evento diferenciamos pacientes de bajo y alto riesgo (revascularización completa/incompleta, fracción de eyección, arritmias en esfuerzo, isquemia a baja carga) y utilizamos la CPET como herramienta clave para decidir supervisión y límites. Propongo además planes semanales concretos para un paciente estable post‑angioplastia (caminar, fuerza, cambios de ritmo, circuito de resistencia, aeróbico prolongado, con días de descanso activo y total) para que la teoría se convierta en calendario real.
Subrayo también escenarios especiales: doble antiagregación y deportes de contacto, fase precoz tras síndrome coronario agudo o la miocarditis, donde la “deprescripción temporal” y un retorno al juego escalonado y multidisciplinar son imprescindibles.
5. La dimensión olvidada: sexualidad y salud cardiovascular
Dedico una parte a la “pregunta silenciosa” de la consulta: ¿es seguro retomar las relaciones sexuales tras un evento cardiovascular? Explico que, desde el punto de vista fisiológico, la actividad sexual es un ejercicio aeróbico moderado, con frecuencia cardiaca y gasto energético comparables a otras actividades cotidianas, lo que sitúa el riesgo en una zona intermedia y manejable en la mayoría de pacientes estabilizados.
Reviso el Consenso Princeton IV, que redefine la disfunción eréctil como síntoma centinela y “barómetro” vascular, exigiendo evaluación cardiovascular sistemática cuando aparece. Presento su esquema de riesgo (bajo, intermedio, alto) para la actividad sexual y recuerdo que los inhibidores de la PDE5 son seguros desde el punto de vista cardiovascular salvo en presencia de nitratos o inestabilidad grave.
6. Mujer, deseo, pareja y abordaje integral
En mujeres, destaco que los trastornos sexuales post‑infarto están infradiagnosticados y que la etiología es fundamentalmente psicógena y multifactorial (falta de deseo, ansiedad anticipatoria, miedo, depresión, dispareunia). Propongo un abordaje que combine educación, rehabilitación con profesionales en sexualidad y trabajo sobre la dinámica de pareja, integrando estos aspectos en los programas de rehabilitación cardiaca.
También insisto en que la depresión post‑evento se asocia directamente con el abandono del ejercicio, por lo que el cribado psicológico al inicio del programa no es un extra, sino un requisito de calidad asistencial.
7. Mensaje final: paciente integral y decisión compartida
Cierro con un cambio de paradigma: dejamos de preguntar “¿puede hacer deporte?” para preguntarnos “¿cuál es el riesgo real de este paciente en su deporte concreto?”. La clave es la toma de decisiones compartidas, donde se combinan salud médica, metas del deportista y medidas de seguridad (desde DEAs hasta ajustes de intensidad) para construir un plan aceptable y sostenible.
El mensaje final es que la rehabilitación cardiaca es segura, que edad y comorbilidad no son barreras absolutas y que prescribir ejercicio físico individualizado, progresivo y combinado (aeróbico + fuerza), junto a una sexualidad informada y segura, es ya una obligación clínica si aspiramos a tratar al paciente integral.

